martes, 15 de junio de 2010

FOTOREPORTAJE: Inmigrantes en la huerta, el trabajo que nadie quiere

Cualquiera de estas personas originarias de África (Marruecos y Argelia principalmente) o de América Latina que veréis en el fotoreportaje han decidido viajar a España con la esperanza de progresar, conseguir un empleo y tener algo de dinero extra para enviar al resto de la familia que quedó en el país de origen.
El desarraigo es duro, según dicen ellos, pero la paga es buena y ello justifica permanecer en un país ajeno, con culturas muy dispares y alejado de los seres queridos con fin de juntar algunos ahorros y, según sueñan quienes se van, volver a su país de origen y poder establecerse nuevamente con otras posibilidades.

En ocasiones la vuelta nunca ocurre, o sucede antes de lo previsto por la dificultad de adaptarse, quizás el idioma y sin duda, la idiosincracia; pero lo que ciertamente es muy frecuente es que las mejoras laborales y/o económicas conseguidas en España no son tales.
Muchas de las personas que han decidido sumarse a la inmensa ola de inmigración llegada a España son profesionales o tienen un oficio con el que se les dificulta emplearse en su país de origen o la paga no les resulta suficiente; pero al desembarcar en el país de destino no todos los profesionales se emplean como tales y, en ocasiones, pasan a formar parte de la mano de obra de “aquellos trabajos que nadie quiere hacer”, el trabajo que ningún nativo haría.

La mayoría de ellos son ilegales y no cumplen los requisitos legales para habitar en un nuevo país y ello promueva una precariedad laboral y de salud sin igual. No tienen derecho a paro, ni a seguridad social. Sus sueldos son bajísimos. Sus trabajos duros. Sus derechos quedan mermados por los que mandan (especie de chulo) y sus esperanzas se van agotando poco a poco. Su ilusión, la familia que espera la recompensa del hermano, del marido o del padre de familia. Muchos de ellos no conocen a sus hijos, no han podido enterrar a su madre o llevan compartiendo piso con otros 16 compañeros que comparten la misma situación.

Esta realidad se multiplica en el mundo y es sólo un ejemplo de los movimientos migratorios que afectan a cerca millones de personas que buscan progresar, emplearse y ganar un salario no siempre digno.

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